La alimentación, un hecho social

Lejos de ser solo un hecho biológico, la alimentación es un fenómeno político, psicológico, social, cultural, económico y ambiental cuya complejidad es muy vasta.

Más allá de la necesidad de nutrirse, el consumo de alimentos en general está cargado de significados, emociones y ligado a acontecimientos sociales que no tienen que ver con la estricta necesidad de comer. Por esto alimentarse es una práctica que resume otras prácticas sociales.

Según Fischler (1995), si consumimos ciertos alimentos es porque los tenemos a nuestra disposición; nos gusta su sabor y presentan ventajas para nuestro cuerpo. La disponibilidad (acceso) y el costo (dinero, tiempo o energía) son condiciones necesarias para el consumo de alimentos, a lo cual se une el sabor, ya que el conjunto de propiedades organolépticas (gustativas, olfativas, color, forma y consistencia) tiene una función primordial a la hora de determinar el consumo.

El Homo sapiens es una especie caracterizada por su inteligencia. Los factores cognitivos juegan un papel importante en la manera en que ésta se ajusta a su entorno, sobre todo en materia de elecciones alimentarias. La variabilidad de estas elecciones procede, en gran medida, de la variabilidad de los sistemas culturales; así, si no consumimos todo lo que es biológicamente comestible es porque todo lo que es biológicamente comible no es culturalmente comestible.

Fischler (1995) expone que en la sociedad humana, la alimentación determina, más que cualquier otra función fisiológica, la naturaleza de los reagrupamientos sociales y la forma que toman sus actividades. De esta manera, si conocemos los modos de obtención, distribución de los alimentos, quién y cómo los prepara en un contexto histórico, tendremos conocimientos sobre las dinámicas de desarrollo de una sociedad lo cual permitirá ofrecer soluciones sustentables a problemáticas de carácter alimentario y/o nutricional en un espacio y tiempo determinado.

Así visto, la alimentación constituye un acto esencial para el estudio de las sociedades, abarcando desde la forma como se obtienen los alimentos, la aplicación de procesos para su transporte y conservación, el modo como son preparados para su aceptación y finalmente su consumo, con todos los factores psicosociales asociados.

En Venezuela la complejidad en la formación de hábitos alimentarios de la población en sus contextos históricos concretos pasa por evaluar las implicaciones perjudiciales que ocasiona el sistema capitalista al bienestar de la población, a partir de patrones de consumo foráneos y perjudiciales.

Para revertir esta situación se requiere de políticas públicas que atiendan los temas de desnutrición, sobrepeso, obesidad y el necesario cambio de hábitos alimentarios, constituyendo alternativas para el desarrollo de programas que reivindiquen una cultura alimentaria pertinente, garantizando la participación protagónica, democrática, crítica, creadora y reflexiva en una perspectiva de Seguridad y Soberanía Alimentaria.

Fuente:
Fischler, C. (1995). El (h)omnívoro. El gusto, la cocina y el cuerpo. Barcelona: Editorial Anagrama.

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