Las dos caras de la alimentación en Venezuela

El capitalismo que basa la producción y distribución de los bienes básicos en la explotación del trabajo ajeno (a través del salario y la ganancia de los dueños de las grandes empresas y grupos económicos), se caracteriza por mercantilizar la producción, es decir, convertir bienes materiales y espirituales, esenciales para la vida social, en mercancía, prevaleciendo el interés inmediato de ganancia de los principales factores económicos sobre las necesidades humanas que han sido reconocidas y establecidas como derechos inalienables.

La alimentación en el capitalismo, más que un proceso fundamental de la existencia y el disfrute de las personas, es un acto que puede ser aprovechado comercialmente para obtener grandes ganancias. El capitalismo ha convertido los alimentos en una mercancía, cuya producción está orientada a la generación de beneficios económicos para las trasnacionales de alimentos y sometidos a la especulación sin límites del mercado internacional.

De ahí la tendencia a la explotación de los trabajadores del campo y la industria, que producen y procesan los alimentos; a la especulación en la distribución de los alimentos a través del mercado, que deteriora la alimentación de los menos favorecidos; y a la imposición de una cultura alimentaria exógena que implanta un patrón de consumo alienado sustituyendo las costumbres y hábitos tradicionales y ancestrales más saludables por otros hábitos que garantizan la demanda e importación de productos que ponen en riesgo la salud, la económía y nuestra identidad nacional.

Como consecuencia del capitalismo, Venezuela heredó la pobreza, la crisis institucional y el mal estado nutricional de la población. Así mismo, factores como la desigualdad social, la especulación mercantil sobre el precio de los alimentos, la dependencia económica, la acelerada migración de poblaciones rurales hacia los centros urbanos (asociada a la industrialización de los alimentos) y la imposición de una cultura alimentaria no identificada con nuestra cultura ancestral y hecha a la medida de las grandes cadenas trasnacionales trajo como consecuencia dificultad en el acceso a los alimentos, modificación en la selección y por ende una dieta popular deficiente, hábitos alimentarios inadecuados y problemas nutricionales.

De esta forma el estado nutricional de la población venezolana en la IV República se caracterizó por la desnutrición, situación que representa la cara más dura de la inequidad social. La desnutrición es un flagelo que reduce el crecimiento económico y perpetúa la pobreza por una pérdida directa de la productividad motivada a las disminuidas capacidades físicas de los individuos.

Además de la desnutrición, también se presentó una malnutrición por exceso, la cual se traduce en un incremento de peso. Este deterioro en el estado nutricional se intensificó a partir de los años 80 con la introducción en el país de cadenas de comida rápida provenientes de los Estados Unidos. Esta expansión de las transnacionales de comida rápida fue proporcional al crecimiento del marketing en los medios de comunicación mundial, principalmente la televisión.

Este panorama requería de cambios urgentes, por eso desde 1999 se comienza a dar en el país una intensa lucha por desplazar esos modelos dominantes que sumieron a Venezuela en un círculo vicioso de hambre y miseria, por medio de la disminución de las brechas sociales profundas que venían padeciendo la población lo cual se materializó mediante las políticas de inclusión social que han logrado reducir considerablemente las cifras de desnutrición a nivel nacional.

Un ejemplo de estas políticas es la reforma agraria impulsada por el Gobierno Bolivariano, que ha alcanzado entre otros logros, el control de los cultivos transgénicos (aquellos que son resultado de la inserción artificial de material genético proveniente de otra especie) y la popularización de los cultivos agroecológicos, con la firme intención de romper con las estructuras de dependencia del modelo capitalista y explotar como riquezas nacionales no solo al petróleo sino a la agricultura.

Unido a esto, se realizó el lanzamiento de la Misión Alimentación, la cual se ha encargado de la distribución estratégica de alimentos a lo largo y ancho del país, con el fin de romper con el acaparamiento y los altos costos a los cuales estábamos sometidos por las cadenas de mercados privados y compañías transnacionales que producen, distribuyen y comercializan alimentos. De esta manera se garantizó de forma constante el acceso oportuno de los alimentos (físico: presencia constante de alimentos, económico: precios accesibles) y gracias a estas medidas se produjo un aumento sostenido en el consumo de energía y nutrientes en la población venezolana.

De esta forma el Gobierno Bolivariano ha planteado la necesidad de superar la dependencia dominante e histórica del modelo capitalista por la vía del socialismo, sistema que reafirma el papel de la alimentación como un Derecho Humano fundamental, un deber social y como un área estratégica del Estado, planteándose como una necesidad el ejercicio popular de la gestión y control en materia alimentaria, para garantizar la disponibilidad económica y física con énfasis en la producción nacional de alimentos, así como su inocuidad y aptitud para el consumo humano, lo que influirá directamente en los fenómenos sociales y culturales de la patria soberana.

El avance del país en cuanto a políticas alimentarias y nutricionales es contundente y lo más importante es que las condiciones políticas y sociales del país, así como el impulso de la Misión Alimentación como motor fundamental, garantizan que estos cambios sean irreversibles y que no se detendrá nuestro camino hacia el logro de nuestra real soberanía alimentaria.

Fuente:
•    Instituto Nacional de Nutrición (2011) Garantía de la Seguridad Alimentaria y Nutricional. El alimento es un Derecho. Perfil País 2011. Caracas.
•    Velez, F. (1990). La alimentación y la nutrición en Venezuela. INN. Caracas.

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