Diversificación de aspectos morfológicos y herramientas asociada a los hábitos alimentarios

Es interesante analizar dos de los principales rasgos de nuestros ancestros primates, la posición erecta y el desplazamiento por saltos, que facilitaron a estos animales alcanzar la comida (frutos y semillas), colocándose bajo las ramas e irguiéndose para alcanzarla. Se cree que la adopción por los primates de la vida arborícola hizo que sus miembros anteriores y manos se diferenciasen estructural y funcionalmente de sus miembros posteriores y pies. Esta diferenciación revestiría una gran trascendencia para el origen y evolución del ser humano, ya que hacía posible la acción de coger, examinar y manipular objetos, principalmente alimentos.

Entre los primeros primates que adoptaron la vida arborícola, los que mejor se adaptaron experimentaron algunos cambios en sus hábitos alimentarios, análogos con las modificaciones observadas en su dentadura y desde un punto de vista funcional con una diversificación de las fuentes alimentarias (insectos, frutos, hojas y a veces de carne).

El ser humano es un homínido, grupo de animales con las siguientes características: se mantienen en posición erecta, andan sobre sus dos pies, poseen pequeños dientes caninos implantados en un maxilar de forma bien definida, pueden aparearse de forma continua, tienen hijos que precisan del cuidado de los padres por un largo período de tiempo, poseen un cerebro de gran tamaño y a medida que transcurren los siglos, dependen más de la cultura para poder sobrevivir.

Las ventajas de la locomoción bípeda de los homínidos son obvias; en particular, libera las manos para otros usos que el de ayudar a desplazarse, pudiendo de esta forma manipular objetos diversos, transportar alimentos, hacer útiles, y ser utilizadas también en actividades agresivas o defensivas.

Analizando algunos aspectos relacionados con la alimentación de ciertos homínidos, podemos mencionar que el Homo erectus sabía utilizar y controlar el fuego, por los restos de huesos fósiles de animales quemados y calcinados asociados. Además construía útiles que servían para cortar la carne que comían sometida a alguna forma de cocción.

El Homo erectus puede imaginársele no como un cazador, sino más bien dependiendo principalmente de la recolección de plantas comestibles y frutas salvajes y, solo accesoriamente procurándose los restos abandonados por los animales carnívoros.

En el caso de los neandertales, éstos eran fuertes y hábiles recolectores de productos vegetales, cazadores y carroñeros. En su mandíbula la dentición está adelantada con relación al hueso, de manera que cabría un cuarto molar, además presentaban diferencias en el tamaño de los dientes y en la posición y forma de las cúspides en comparación con el hombre moderno, a causa del consumo de alimentos de mayor resistencia.

Los huesos de los neandertales eran gruesos, por eso necesitaban mucho calcio, por esta razón se cree que tuvieron que consumir vegetales en gran abundacia, en ausencia de la leche que seguro no probaban. Los neandertales usaban utensilios de piedra para cazar los grandes mamíferos abundantes de la zona y con ellos se dió la generalización y uso de la tecnología del fuego para preparar alimentos.

Centrando la atención en el ser humano u Homo sapiens, hay que mencionar que esta es una especie caracterizada por un neocórtex altamente desarrollado, así, los factores cognitivos o ideales juegan un papel sumamente importante en la manera en que los primeros Homo sapiens se adaptaron a su entorno, sobre todo en materia de elecciones alimentarias.

Actualmente los humanos son los únicos primates que realmente producen instrumentos a partir de una forma que sólo existe en su cabeza, y que ellos “imponen” a la piedra. Estos sencillos instrumentos de piedra proporcionarían a sus fabricantes algo de lo que, a causa de la reducción de los caninos, carecían: un filo cortante.

Es posible que esta necesidad surgiera cuando los primeros humanos empezaron a consumir carne y precisaron de filos tanto para abrir la gruesa piel de grandes animales como para cortar tendones y trocear músculos; también utilizarían los cantos para fracturar los huesos y extraer el tuétano, lo que les suministró proteínas y grasas fundamentales para el posterior desarrollo de su cerebro.

Hoy en día si se compara el cráneo del ser humano con el del chimpancé, podemos apreciar cómo ha sido la diferenciación morfolófica entre ambos parientes cercanos, como resultado del proceso evolutivo. El chimpancé posee unos caninos largos y salientes y una arcada dentaria más alargada que la del ser humano, también tiene la cresta sagital, un repliegue óseo que sirve de superficie de sujeción de algunos de los poderosos músculos que mueven la mandíbula. Esta cresta no existe en el ser humano moderno, cuyo cráneo carece de caninos salientes.

En líneas generales, el cráneo del chimpancé tiene una mandíbula robusta con dientes hechos para desgarrar, triturar y romper, lo cual implica la existencia de las crestas sagital y occipital, las cuales, a su vez, implican potentes músculos para accionar mandíbula y cuello. En el caso del ser humano sus dientes están adaptados a una dieta omnívora y su mandíbula no requiere mayor potencia debido a que usa sus distintas herramientas para tratar los alimentos más resistentes, aunado al proceso de cocción de los mismos.

Por último, hay que considerar que en la alimentación del ser humano es importante no sólo considerar aspectos morfológicos; sino su pensamiento y sus representaciones. De esta forma se afirma que la variabilidad de las elecciones alimentarias humanas procede sin duda en gran medida de la variabilidad de los sistemas culturales: de ahí la premisa de que si no consumimos todo lo que es biológicamente comestible se debe a que todo lo que es biológicamente comible no es culturalmente comestible.

Fuente:

Arsuaga, J. y Martínez, I. (2011). La especie elegida. Grupo Planeta. Barcelona

Kelso, A.J. (1974). Antropología Física. Ediciones Bellaterra. Barcelona.

 

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