La primera taza de café en Caracas

La vida caraqueña en la época de la colonia la sintetizaban cuatro verbos: comer, dormir, rezar y pasear. El almuerzo se hacía de ocho a nueve de la mañana; la comida de mediodía a la una de la tarde; la siesta hasta las tres, y tras ésta la merienda: a los negocios se le concedían dos o más horas en la tarde, y según los paseos, visitas, hasta las once o doce de la noche. A las siete de la noche casi todas las familias rezaban el rosario dirigido por el jefe del hogar. A la hora de la siesta, desde que terminaba el almuerzo hasta la hora de la merienda, se cerraban todas las puertas de la población, quedando solitarias las calles y plazas.

Era curiosa la sociedad caraqueña respecto de las visitas de etiqueta, las cuales se hacían por la tarde. En primer término era necesaria la venia de la familia obsequiada, con horas de anticipación, con lo cual se recordaba que debían prepararse a recibir a la familia obsequiante, con confituras y bebidas, que se servían en platos y platillos de China o del Japón.

Desde 1728 no se cultivaba en el valle sino poco trigo, que fue poco a poco abandonado por la plaga; alguna caña, algodón, tabaco, productos que servían para el abasto de la población, y muchos frutos menores; desde entonces comenzó casi en toda Venezuela el movimiento agrícola, con cultivo del añil y del cacao, que constituían los principales productos de exportación. Mas, la riqueza del país no estaba cifrada en el cacao, que ha ido decayendo, ni en el añil, casi abandonado, ni el tabaco, que poco se exporta, ni en la caña, cuyos productos no pueden rivalizar con los de las Antillas, ni en el trigo, cuyo cultivo está limitado a los pueblos de la cordillera, ni en el algodón, que no puede competir con el de Estados Unidos, sino en el café, que se cultivaba en gran parte de la República.

Los primeros que introdujeron la planta de café entre nosotros fueron los misioneros castellanos, por los años 1730 a 1732 y el primer terreno donde prosperó fue a orillas del Orinoco. La introducción y cultivo del árbol del café en el valle de Caracas remonta los años de 1783 a 1784. En las estancias de Chacao, llamadas “Blandín”, “San Felipe” y “La Floresta”, que pertenecían a don Bartolomé Blandain y a los presbíteros Sojo y Mohedano, crecía el célebre arbusto, más como planta exótica de adorno que como planta productiva.

Tiempo después con el apoyo del padre Mohedano, cura del pueblo de Chacao, se planteó el cultivo del café como empresa industrial, así los dueños de las haciendas mencionadas acordaron celebrar aquel triunfo de la civilización en Caracas, y para llevar a término el pensamiento, señalaron en la huerta de Blandín los arbustos que debían proporcionar los granos necesarios para saborear la primera taza de café, en unión de algunas familias y caballeros de la capital.

De antemano se había convenido en que la primera taza de café sería tomada a la sombra de las arboledas frutales de Blandín, en día festivo, con asistencia de aficionados a la música y de familias y personajes de Caracas. Esto pasaba a fines de 1786. La casa de Blandín y sus contornos ostentaban graciosos adornos campestres, sobre todo, la sala improvisada bajo la arboleda. En esta área estaba la mesa del almuerzo, en la cual sobresalían tres arbustos de café artísticamente colocados en floreros de porcelana. Por primera vez, iba a realizarse, en Caracas, una fiesta tan llena de novedad y de atractivos, pues que celebraba el cultivo del árbol del café en el valle, fiesta a la cual contribuía lo más distinguido de la capital con sus personas, y los aficionados del arte musical, con las armonías de Mozart y de Beethoven.

La fiesta da comienzo con un paseo por los cafetales, que estaban cargados de frutos rojos. A las doce del día comienza el almuerzo y concluido éste todas las mesas desaparecen menos una, la central, que tenía los arbustos de café y demás flores y cubierta de bandejas y platos del Japón y China. Cuando llega el momento de servir el café, su fragancia se derrama por el poético recinto y la primera cafetera vacía su contenido en la transparente taza de porcelana, la cual es presentada inmediatamente al virtuoso cura de Chacao. Allí no había nada preparado en materia de discurso porque todo era espontáneo, así Mohedano con la taza de café en sus manos, conmovido dijo al grupo:

“Bendiga Dios el arte de los campos sostenido por la constancia y la fe: bendiga Dios el fruto fecundo, don de la sabia Naturaleza a los hombres de buena voluntad. Dice San Agustín que cuando el agricultor, al conducir el arado, confía la semilla al campo, no teme ni la lluvia que cae ni el cierzo que sopla, porque los rigores de la estación desaparecen ante las esperanzas de la cosecha. Así nosotros, a pesar del invierno de esta vida mortal, debemos sembrar, acompañada de lágrimas, la semilla que Dios ama, la de nuestra buena voluntad y de nuestras obras, y pensar en las dichas que nos proporcionará abundante cosecha”.

Después de aplausos prolongados y más palabras de diversos personajes, la juventud se entregó a la danza y el resto de la concurrencia se dividió en grupos, disfrutando en el boscaje a orillas del torrente que baña la plantación, conversando sobre el cultivo del café y el porvenir agrícola que aguardaba a Venezuela en aquellas épocas remotas.

Fuente:
Arístides Rojas (2002). Crónica de Caracas. Editorial CEC, Caracas.

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